La «tercera vía» de Giddens: una revolución inocua

La «Tercera Vía» de Giddens es una elaboración académica que combina un diagnóstico de la situación actual y una serie de objetivos políticos generales. No obstante, la proximidad del sociólogo con el sistema político, en especial con el Nuevo Laborismo de Blair, le da a la propuesta un alcance que supera la mera especulación académica.

Ciertamente, esa aproximación del sociólogo al sistema político deja ver tensiones latentes que, apenas esbozadas, no terminan de ser explicitadas por el autor y, mucho menos, reconocidas por sus críticos, quienes suelen juntar el par Giddens–Blair sin detenerse a considerar las diferencias.(*) No por casualidad al final de su libro Giddens exhorta al Nuevo Laborismo a no ser tan sólo una operación de «astucia mediática» (Giddens, 1998: p.182), a la vez que reafirma su deseo de haber propuesto «una agenda sustanciosa» para los debates socialdemócratas, capaz de fomentar un diálogo del centro–izquierda que esté a la altura de los desafíos de la globalización.

Asimismo, tras evaluar la apropiación de la «tercera vía» por parte de Clinton y Blair, Giddens destaca las críticas que otros les hacen en el sentido de asemejar sus gobiernos a un «neoliberalismo recalentado», y parece tomar distancia de esas figuras políticas reconocidas como encarnaciones de la tercera vía. Entonces remarca su propósito de analizar dónde se encuentra el debate sobre el futuro de la socialdemocracia. En ese sentido afirma: “…la «tercera vía» se refiere a un marco de pensamiento y política práctica que busca adaptar la socialdemocracia a un mundo que ha cambiado esencialmente a lo largo de las dos o tres últimas décadas. Es una tercera vía en cuanto que es un intento por trascender tanto la socialdemocracia a la antigua como el neoliberalismo”(Giddens, 1998: p.38).

Para nosotros, la «Tercera Vía» de Giddens no llega a configurarse como una ucronía, pero tampoco resulta una alternativa real al capitalismo global (ni lo pretende ser). Quizás, como lo dice el propio Giddens, su propuesta pretenda ser la «carne teórica» para el «esqueleto del quehacer político» de los gobiernos que dicen representar a la izquierda (Giddens, 1998: p.12). Pero que los críticos de la tercera vía no se confundan: la propuesta de Giddens no es una mero «barniz ideológico» destinado a cubrir las grietas provocadas por el giro político que en los países centrales ha procesado la izquierda moderada en su tránsito desde la defensa del Estado de Bienestar hacia la aceptación del neoliberalismo. Ni Blair, ni Schroeder ni Clinton siguieron al pie de la letra lo que diseñó el sociólogo en su opúsculo, ni este pretendió identificarse completamente con lo que ellos hicieron o hacen. Mientras aquellos no han dejado de ceder terreno ante el empuje de la globalización neoliberal. El autor se afirma efectivamente en una propuesta «tercerista»: quiere hacer una síntesis entre el anquilosado pensamiento de la socialdemocracia clásica y el renovado conservadurismo de la derecha neoliberal. Así promueve una verdadera revolución semántica, tan provocativa en su logos reflexivo como inocua para cualquier praxis real. A medida que consideremos las virtudes y falencias de la tercera vía esperamos que quede más clara esta afirmación.

TRES GRANDES VIRTUDES DE LA TERCERA VÍA

La primera virtud consiste en llamar las cosas por su nombre: en lugar de referirse al neoliberalismo, Giddens habla de capitalismo (Giddens, 1998: p.57; 1999: p.37; 1994: p.122 y ss.), y adjudica su carácter neoliberal a la preeminencia de las «filosofías del libre mercado» en las orientaciones políticas que se siguieron fundamentalmente en el Reino Unido, Estados Unidos y América Latina, pero que no dejaron de cobrar importancia en el resto del mundo tras la ascensión del thatcherismo o del reaganismo. Esta diferenciación es muy pertinente. Permite que su análisis tenga en cuenta lo que implica la globalización en cuanto mutación real en los patrones de la modernidad capitalista y no deja que una serie de problemas de suma relevancia terminen por ser explicados pura y exclusivamente por la nefasta influencia del Gran Leviatán neoliberal, como suele suceder con la retórica de amplios sectores de la izquierda, radical o moderada.

La segunda virtud de la «tercera vía» de Giddens consiste en esbozar una alternativa al neoliberalismo sin intentar una vuelta atrás, esto es, sin pretender reinstaurar el Estado de bienestar clásico (respuesta típica de las ucronías benefactoras). Giddens desmitifica al Estado de bienestar, del cual afirma que: es “esencialmente no democrático. Dependiendo efectivamente de una distribución vertical de prestaciones, su fuerza motriz es la protección y la atención, pero no da suficiente espacio a la libertad personal. Algunas formas de institucionalización del bienestar son burocráticas, alienantes e ineficientes, y las prestaciones del bienestar pueden producir consecuencias perversas que socavan aquello para lo que estaban diseñadas” (Giddens, 1998: p.134).

Así, Giddens desenmascara los grandes defectos del Estado de bienestar y deja ver —como a su manera también lo hacía el filme Ladybird, Ladybird (de Ken Loach, 1994)— que los déficit del mismo no radican tan sólo en un problema de gestión económica, que su crisis no fue sólo de carácter fiscal. Esto ocasiona problemas a las izquierdas pragmáticas o moderadas pues, en la medida que tienen como horizonte político la recuperación de dicho Estado, les obliga a enfrentarse con sus propias limitaciones programáticas.

Cuando Giddens aborda los problemas que encierra la «dependencia del bienestar», generada por reglas ineficientes y que origina «situaciones de riesgo moral» o de fraude (Giddens, 1998: pp.136–137), o cuando postula que el bienestar no es en esencia un concepto económico, sino uno psíquico, y que las prestaciones o ventajas económicas no son, por tanto, casi nunca suficientes por sí mismas para producirlo (Giddens, 1998: p.139), o incluso cuando discute la perspectiva meritocrática de la igualdad, el papel de la educación o la visión que del trabajo tienen las personas en la sociedad capitalista avanzada: en todos estos casos, Giddens introduce una discusión crítica y una serie de valoraciones sobre el Estado de bienestar para las cuales la izquierda no parece disponer de respuestas (Giddens, 1998: Capítulo 4). Como veremos luego, las soluciones que él postula (mágicamente encerradas en las fórmulas de «nuevo Estado democrático», «sociedad civil activa», «ningún derecho sin responsabilidad» y «ninguna autoridad sin democracia») no son satisfactorias para dar respuesta a todas las intrrogaciones de suma complejidad que nos presenta. No obstante, su mérito radica en llevar todos estos temas a la arena de la discusión política. En ese ámbito su desafío no siempre encuentra eco. Lo habitual es que se menosprecien o tergiversen sus ideas, cuando no, simplemente, que se las silencie.

En estrecha relación con lo anterior, la tercera virtud de la «tercera vía» se aprecia cuando introduce tópicos que, en general, la izquierda subestima por considerarlos «problemas privados”, no pasibles de propuestas políticas. Así sucede con la cuestión del «individualismo» (Giddens, 1998: p.46 y ss.), a la que anexa el tema de cómo encontrar «un nuevo equilibrio entre responsabilidades individuales y colectivas» (Giddens, 1998: p.50 y p.81). Del mismo modo sucede cuando discute los procedimientos para la «promoción de una sociedad civil activa» (Giddens, 1998: p.95), buscando una articulación plausible entre «el estado y la sociedad civil» (Giddens, 1998: Capítulo 3; p.85 y ss.). Otro tanto surge cuando, planteándose explícitamente la necesidad de instrumentar una estrategia de política familiar, se pregunta «qué estado ideal de la familia deberíamos esforzarnos por alcanzar» y delinea lo que entiende debería ser la promoción de una «familia democrática» (Giddens 1998: p.107 y ss.). En esa misma dirección —la de plantear temas de difícil asimilación por parte de la izquierda- podemos considerar sus cuestionamientos sobre la benignidad de la «identidad nacional de los individuos» puesta en relación con los problemas del «pluralismo étnico y cultural», problemas característicos de las sociedades posmodernas (Giddens, 1998: p.156 y ss.).

LA SOCIEDAD DE MERCADO COMO HORIZONTE INSUPERABLE

No nos caben dudas de que estas tres son verdaderas virtudes de la «Tercera Vía». Ahora bien, tras considerarlas, hemos de reconocer que Giddens no logra compatibilizar en forma coherente su perspectiva política sobre todos estos tópicos con su anhelo de proponer una alternativa al neoliberalismo. Además, la virtud de poner a discusión «temas tabúes» para la izquierda no significa que las propuestas de la Tercera Vía vaya a resolverlos. En este caso, al menos, no parece cumplirse aquello de que «los seres humanos únicamente se plantean los problemas que pueden resolver».

Giddens opera políticamente a partir de un hecho para él consumado, irreversible y definitivo: no hay alternativas al capitalismo. Considera que tras la «defunción del socialismo como teoría de gestión económica» y tras la crisis de la socialdemocracia clásica, que a pesar de sus éxitos electorales «no ha configurado todavía una ideología política nueva e integrada», la izquierda no tiene alternativas para oponer al sistema capitalista:

“Nadie tiene ya alternativas al capitalismo —los debates que se mantienen atañen a la extensión y las formas en que el capitalismo debiera ser dirigido y regulado—. Estos debates son ciertamente significativos, pero se quedan atrás respecto a las discusiones más fundamentales del pasado. Al haber mudado estas circunstancias, se ha puesto de relieve toda una gama de problemas y posibilidades nuevos que no están al alcance del esquema izquierda derecha. Éstos incluyen cuestiones ecológicas, pero también asuntos que tienen que ver con la naturaleza cambiante de la familia, el trabajo y la identidad personal y cultural. Por supuesto, los valores de justicia social y emancipación están conectados con ellos, pero todas estas cuestiones trascienden aquellos valores” (Giddens, 1998: p. 57).

EL BUSCA DEL INDIVIDUO PERDIDO

Asimismo, al introducir los tópicos heterodoxos que antes considerábamos, Giddens busca “aggiornar” políticamente el capitalismo, vale decir, quiere actualizarlo de acuerdo con los cambios pautados por la nueva condición posmoderna. De ahí la «meta general» que, como veíamos, traza para la «Tercera Vía». De ahí también, de modo más particular, los objetivos que propone para una política familiar. Los intentos de reforma y ajuste buscan resolver serios problemas funcionales de la gestión capitalista, pero siempre respetando la lógica propia de una sociedad de mercado. En esta dirección, todos sus esfuerzos por renovar la socialdemocracia apuntan a lograr la implicación activa del individuo en la gestión capitalista. No es otra cosa lo que se busca cuando se afirma que «la promoción de una sociedad civil activa es una parte básica de la política de la tercera vía» (Giddens, 1998 (p. 95).

Esa búsqueda afanosa de implicar activamente al individuo en el sistema tiene su traducción en las dos fórmulas de la renovación socialdemócrata: «ninguna autoridad sin democracia» y «ningún derecho sin obligaciones». Estas fórmulas son el santo y seña de lo que Giddens entiende debería ser una «política de la vida que atañe a decisiones vitales», la cual, lejos de corresponderse con una izquierda moderada, se ubica en un «centro radical» (Giddens, 1998 p. 57 y ss.):

“Una socialdemocracia renovada ha de estar a la izquierda del centro, porque la justicia social y la política emancipadora siguen constituyendo su esencia. Pero no debería considerarse que el «centro» no tiene sustancia. Hablamos más bien de las alianzas que los socialdemócratas pueden tejer a partir de la diversidad de estilos de vida.

“Los problemas políticos, tradicionales y nuevos, tienen que ser analizados de este modo. Un Estado de bienestar reformado, por ejemplo, ha de satisfacer criterios de justicia social, pero también tiene que reconocer e incorporar una elección activa de estilo de vida, integrarse en estrategias ecológicas y responder a nuevos escenarios de riesgo” (Giddens, 1998: p.59).

>Por cierto, la socialdemocracia renovada por la tercera vía habrá de realizar un titánico esfuerzo para lograr sus objetivos de inclusión activa de los individuos o los grupos comunitarios sin erosionar el «nuevo individualismo» que subyace a la diversidad de estilos de vida, ese que Giddens asocia a la modernidad reflexiva de las sociedades tardocapitalistas. Una subjetividad moderna que él ve pletórica de autonomía y autogestión, pero que otros no han dejado de encontrar postrada en la pasividad del individuo ante la «pantalla total», en el consumismo desenfrenado, en la tecnologización y burocratización de la política o, incluso, en el pragmatismo descomprometido y distante, resultado insondable de esa «espiral abismal de ironías, cada una de ellas ironizando a la otra hasta el infinito» (Eagleton, 1995: p.66).

Sea que veamos la subjetividad de nuestra época en uno u otro polo de auto–significación. No creemos que sea posible la implicación activa del individuo en el marco de la sociedad capitalista. Que esto sea así no responde a ningún déficit ideológico de la propuesta de Giddens, quien sólo se remite a señalar lo que es una necesidad para su proyecto de “crear un mundo que combine estabilidad, equidad y prosperidad” (Giddens, 1998: p. 179). El problema, en realidad, es del propio sistema que, si bien estimula al individuo para desarrollar una subjetividad activa, sólo puede integrar en su dinámica a un tipo de individuo que o bien es pasivamente conformista o bien es activo, pero distantemente cínico.

En ambos casos, la carga del conflicto que esta ambigüedad sistémica reproduce la lleva siempre el propio individuo, que nunca termina por «comprometerse activamente» con el sistema, del cual forma parte y al que no puede menos que ver como la fuente última de su conflictividad. La competencia y el privatismo, orientaciones motivacionales insoslayables de cualquier economía de mercado, socavan todo intento de implicar a los individuos en una gestión colectivamente responsable.

Cuando no se puede implicar racionalmente al individuo en un sistema que, para su reproducción, debe conflictuarlo permanentemente, en última instancia, siempre es necesario apelar a la emoción y los sentimientos. Ciertos analistas han creído ver en el manifiesto «Antídoto: Campaña por el alfabetismo emocional» (Antidote: Campaign for Emotional Literacy, en: http://www.antidote.org.uk) una «Cuarta Vía» para el Nuevo Laborismo Británico, la cual vendría a cubrir las carencias de su predecesora (Justo, 2001). Esto refleja que no comprendieron en su momento el alcance de la propuesta de Giddens. La campaña «Antídoto» no es más que la continuación de los esfuerzos por «renovar la socialdemocracia» en lo que respecta al intento de implicar emocionalmente a los individuos en la gestión del sistema, algo que ya estaba formulado en la propuesta original de la «Tercera Vía» de Giddens. El «alfabetismo emocional» es el último esfuerzo desesperado del sistema por intentar esa implicación del individuo en sus fauces. Pero siendo tan potente el veneno, difícilmente tenga efecto este «antídoto».

En este sentido, Nuestra postura será antitética con la de la tercera vía: para nosotros sólo es posible comenzar a resolver los problemas que Giddens identifica correctamente en el marco de una sociedad sustancialmente diferente a la del capitalismo. Sólo en el marco de la realización utópica será posible combinar autonomía individual y responsabilidad colectiva. Y este marco no es otro que el de un proyecto social que confronte y supere al capitalismo.

TRES GRANDES FALENCIAS DE LA TERCERA VÍA

La primera falencia de la tercera vía está en su incapacidad para resolver la tensión entre desarrollarse como un proyecto societal o convertirse en una mera propuesta electoralista. Ya veíamos al principio cómo se expresaba esa tensión en el propio discurso de Giddens. No obstante, aquí queremos ir más allá en la crítica. Consideramos que la tercera vía oscila entre, por un lado, impulsar efectivamente un «aggiornamento» estructural del capitalismo del siglo XXI, algo que en principio no se reduce a meras soluciones electorales, y, por otro, conducirse plenamente por las vías del pragmatismo electoral. Al fin y al cabo, la renovación de la socialdemocracia implica a una serie de fuerzas políticas que son gobierno, o tienen posibilidades de serlo, en la mayoría de los países más industrializados del mundo. No podemos olvidar que, más allá de su posible distanciamiento crítico, Giddens no deja de ser uno de los principales asesores de Tony Blair. Así, la tercera vía no deja de oscilar entre encomiar victorias electorales pírricas, erosionando todos los proyectos de renovación de la socialdemocracia, o profundizar en esos proyectos, poniendo en riesgo los éxitos electorales.

En la medida que «el eje económico que solía separar a los votantes entre posturas socialistas y capitalistas tiene una prominencia mucho menor», a Giddens le preocupa cómo construir nuevos consensos que se expresen políticamente en las instancias electorales: “Los partidos socialdemócratas ya no tienen un «bloque de clase» consistente en quien confiar. Al no poder depender de sus identidades anteriores, tienen que crear otras nuevas en un ambiente social y culturalmente más diverso” (Giddens, 1998: p.35). ¿Es esto compatible con las «políticas de la vida» que, supuestamente, definen la pertinencia de una política práctica que se ubica en el «medio activo», que ocupa un supuesto espacio de «centro radical»? ¿Cómo se expresan electoralmente esas «políticas de la vida»? ¿Cómo se articula en un programa electoral, más allá de lo meramente retórico, la preocupación por impulsar la «realización personal de los individuos»? Y si fuera posible que todo esto logre una expresión electoral, algo que no queda claro en la propuesta de Giddens, ¿cómo se combinaría con la integración de los excluidos?

«Hay ya gobierno global y ya hay una sociedad civil global», afirma tajantemente Giddens cuando toma en cuenta la renovada influencia internacional y trasnacional de las organizaciones no gubernamentales (Giddens, 1998: p.165). Luego pasa a afirmar que: “La expansión de la democracia cosmopolita es una condición para regular eficazmente la economía mundial, combatiendo las desigualdades económicas globales y controlando los riesgos ecológicos. No tiene sentido competir con el fundamentalismo de mercado a nivel local mientras se permite que rija en el ámbito global…” (Giddens, 1998: p. 172).

De nuevo, ¿qué expresión electoral podría tener esta idea de la democracia cosmopolita? Nada sabemos ni nada podremos saber si nos remitimos a los postulados de la «Tercera Vía». Todas nuestras preguntas parecen resonar en un inmenso hueco programático.

La segunda gran falencia de la tercera vía aparece a partir de las consideraciones de Giddens sobre la suerte de los excluidos. La justicia social y la política emancipadora constituyeron la esencia de la socialdemocracia clásica. Hoy, estos postulados son actualizados por la «Tercera Vía» en un marco creciente de polarización social. Sin embargo, Giddens no reduce su perspectiva de la exclusión a términos meramente económicos o distributivos. Según él, “la exclusión no se refiere a niveles de desigualdad, sino a mecanismos que operan para apartar a grupos de personas de la corriente principal de la sociedad” (Giddens, 1998: p.125). Pero a pesar de este reconocimiento a los desheredados del sistema, en su propuesta no existen políticas concretas para llevar adelante su integración. Este vacío programático da pie a la crítica que Touraine lanza contra la «Tercera Vía» (Touraine, 1999: pp.96–97), justamente, por la incapacidad manifiesta para atender y satisfacer la demanda de integración de los sectores excluidos (algo que, por cierto, tampoco está al alcance de la vía 2 que promueve el sociólogo francés).

Las políticas efectivas para incluir a los excluidos no terminan de ser concretadas. Si bien, aunque ambiguamente, Giddens llega a diseñar un tipo de «sociedad inclusiva» (Giddens, 1998: p.125 y ss.) —esto es, una sociedad que no expulsaría ni apartaría a ningún grupo social de su «corriente principal»—, nada dice respecto a cómo integrar, a los que ya están afuera. Es más, en un tono bastante escéptico, Giddens reconoce que “los problemas relacionados con la reducción de la desigualdad mundial son verdaderamente intimidadores” (Giddens, 1998: p.179). Y así como deja a un lado esta problemática urgente de la sociedad dual, más lejos aun se encuentra de proponer políticas viables para gestar una articulación estratégica entre incluidos y excluidos. Esto debería ser una condición indispensable en el marco de una política emancipatoria. Lamentablemente, está muy lejos de ser siquiera reconocida por la «Tercera Vía».

Por otra parte, en las propuestas de Giddens para promover la renovación de la sociedad civil —que incluyen una asociación del gobierno y la sociedad civil, una renovación de la comunidad mediante el aprovechamiento de la iniciativa local, la implicación del sector terciario (ONGs) en la gestión del bienestar positivo, la protección de la esfera pública local y la gestación de un tipo de familia democrática (Giddens, 1998 (p.95 y ss.)—, la propia sociedad civil aparece como una instancia incapaz de articular los diferentes sectores que la componen, con lo cual se cae en políticas contradictorias o de difícil (por no decir imposible) aplicación.

La inclusión de los excluidos, una política en la que la acción del gobierno resulta insustituible, no se resuelve con voluntad y caridad, por más importante que sea el tercer sector en términos cuantitativos. Eso, al menos, parece reconocerlo el propio Giddens (1998: pp.61–62) cuando destaca la relevancia del Estado y el gobierno, argumentando no sólo en contra de quienes plantean que la globalización de los mercados resta toda trascendencia al papel de los Estados sino también contra quienes pretenden sustituir ese papel por el de la sociedad civil (si bien luego aparece excesivamente inclinado hacia esta última tendencia).

En cuanto a la pretensión de la «Tercera Vía» de buscar reforzar un espíritu comunitario a nivel de la sociedad civil, poco probable parece su éxito, dado que mantiene intacta la estructura básica de la familia, reducida a la vinculación paterno–filial y delimitada en su privatismo civil. Ciertamente, Giddens no deja de proponer «políticas de democratización familiar», pero éstas sólo parecen destinadas a recomponer algunas de las menguantes funciones socializadoras de la familia: nada que trascienda el marco de su crisis y erosión institucional que, dentro de la sociedad capitalista, parece irreversible.

Cuando Giddens busca aumentar la apuesta por los «afectos solidarios» de los individuos, o incrementar la «inversión posmaterialista» para la renovación de la sociedad civil, entra en abierta consonancia con los intereses neoliberales, que sólo quieren reducir la «carga» económica del Estado para mantener los equilibrios macroeconómicos, esos de los que Giddens nunca habla a la hora de evaluar los efectos de sus propuestas políticas para evitar la «exclusión». Sin dudar de la buena fe de Giddens, hemos de reconocer que las acusaciones a la «Tercera Vía» de ser un «thatcherismo de rostro humano» no son descabelladas.

La tercera falencia de la tercera vía se refiere a los movimientos sociales. Estos tienen un papel absolutamente marginal en las propuestas de transformación social que propone Giddens. El sociólogo reconoce su importancia, incluso en «la escena mundial», cuando afirma que “los movimientos sociales y otros grupos pusieron de relieve las cuestiones que caían fuera de la política socialdemócrata tradicional —la ecología, los derechos de los animales, la sexualidad, los derechos de los consumidores y muchas otras” (Giddens, 1998: p. 63). No obstante, no duda en tratarlos como «grupos de interés» corporativos, los remite a una esfera «subpolítica» y estima que “su importancia es en gran parte simbólica: presionan para incluir asuntos en la agenda política, y dan forma concreta a los conflictos que les rodean” (Giddens, 1998: p.66). De este modo deja en claro que para su perspectiva tercerista lo político partidario es preeminente, lo que pone en entredicho muchas de sus apreciaciones referidas a las «políticas de la vida» o a la real importancia que pueden llegar a tener, en la perspectiva de una posible emancipación social, todos los esfuerzos tendientes a la renovación de la sociedad civil.

EPÍLOGO

En sus consideraciones teóricas sobre la situación actual de las sociedades capitalistas, Giddens plantea que “La fase de «modernización reflexiva», caracterizada por los procesos paralelos de globalización y excavación de la mayoría de los contextos tradicionales de acción, altera el equilibrio entre tradición y modernidad.(…) La globalización es esencialmente «acción a distancia»; la ausencia predomina sobre la presencia no en la sedimentación del tiempo, sino a causa de la reestructuración del espacio.

“Actualmente, los procesos de globalización todavía siguen, hasta cierto punto, pautas tempranas establecidas durante la fase inicial del desarrollo social moderno. La empresa capitalista, por ejemplo, es un mecanismo de desvinculación par excellence, y está abriéndose paso a través de partes del mundo que anteriormente ofrecían resistencia de una forma más completa de lo que nunca ocurrió” (Giddens et al., 1994: p. 122–123).

Este proceso es el que ha llevado a que nos sintamos viviendo a la carrera en «un mundo desbocado», un mundo en proceso acelerado de cambio, incontenible, incontrolable. Las propuestas de la tercera vía apuntan a «aggiornar» a la socialdemocracia según esta nueva realidad. En esta dirección es que Giddens se preocupa por la incidencia del «fundamentalismo de mercado a escala mundial» tanto como por los «riesgos manufacturados» que ya no pueden estar bajo control de los sistemas expertos: el desastre ecológico, la catástrofe nuclear y el colapso de la economía mundial en la esfera global; o la dieta, la salud y el matrimonio en lo que respecta a la vida cotidiana de los individuos. Sabe bien que el capitalismo, para seguir funcionando como una economía dinámica y como una sociedad innovadora, debe asumir y administrar esos riesgos. No se aleja así de las preocupaciones que últimamente han manifestado algunos neoliberales (como el gran especulador George Soros), pronunciándose también por el control de los flujos financieros especulativos. A su vez, advirtiendo el nuevo carácter de los riesgos sistémicos, se acerca a las preocupaciones cotidianas de los individuos.

No obstante, la permanencia de su pensamiento y de sus objetivos dentro de los estrechos marcos de la sociedad capitalista no le permite presentar ninguna propuesta realmente alternativa. Giddens es conciente de ello. Y hasta nos lo confiesa cuando, pretendiéndose realista ante las demandas de la era global, nos dice que “nunca seremos capaces de ser los amos de nuestra historia, pero podemos y debemos encontrar maneras de controlar las riendas de nuestro mundo desbocado” (Giddens, 1999: p. 17). Así, la renovación de la socialdemocracia por la «Tercera Vía» se convierte en una revolución… tan inocua como un ejercicio de equitación por las amplias y distantes llanuras del mundo global.

El presente trabajo retoma un capítulo del libro “La reconstrucción de la utopía. Su realización”, próximo a editarse.

Alejandro Ventura — Sociólogo


One Comment

  1. Nada, darte las gracias por la buena forma en que me has dado a entender la tercera via gracias a la buena manera en que escribes.

    Saludos de un proyecto de sociólogo desde Barcelona!


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